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Centro
La Salle |
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Cuando cae el ocaso sobre las pobres comunidades de tierra esparcidas en las polvorientas laderas de los cerros de Tijuana, es fácil ver el cielo iluminado de la zona metropolitana de San Diego del otro lado del duro y escarbado terreno que divide a Estados Unidos de México. Es en espacios como éste que la Gracia se hace presente, y el Centro La Salle es una obra llena de gracia en el corazón de Tijuana, no muy lejos de las abarrotadas zonas turísticas de la Avenida Revolución. El Centro es una obra conjunta del Distrito del Norte de México y el Distrito de San Francisco. En un grupo pequeño de edificios hechos con bloques de hormigón, a ambos lados de una calle apenas más ancha que un callejón, seis hermanos Lasallistas colaboran con más de 100 socios provenientes de la comunidad de Tijuana para ofrecer una amplia gama de programas educativos gratuitos como respuesta a las necesidades espirituales, personales y culturales. Los programas van desde instrucción para los que desean convertirse en catequistas y ministros laicos en iglesias locales, hasta clases de alfabetización básica, preparación para la universidad en ciencias y matemáticas, cocina, artes decorativas y computadoras. También se ofrecen clases como Psicología de los adolescentes y Armonía en la pareja, cuyo fin es fortalecer las relaciones familiares. El Hermano Timothy Ford ha sido educador lasallista toda su vida. Trabajó en la Universidad de Belén en la Tierra Santa antes de transferirse a la School of Extended Education en el Saint Mary's College en California. Durante los once años que ha trabajado en el Centro, el Hermano Tim ha dado clases de reflexología y masaje. Èl cuenta que se interesó en el arte del masaje cuando se encontraba trabajando con el equipo de atletismo de la escuela en donde daba clases. Su interés en esta disciplina aumentó al colaborar con los hermanos que ofrecían el ministerio de rehabilitación de drogadicción. El Hermano Tim dice que el masaje terapéutico ofrecía alivio a las personas que sufrían de la agonía causada por abstenerse de consumir drogas. "Siempre comienzo mis clases diciendo a mis alumnos que necesitan mantenerse en contacto con Dios para poder ser buenos terapeutas. De manera que les aliento a que comiencen su trabajo con una meditación: "Recordemos que estamos ante la santa presencia de Dios". El Hermano Tim imparte su clase de noventa minutos dos veces a la semana, durante doce semanas. "Algunos de mis exalumnos ahora están dando clases de masaje o trabajan en consultorios médicos por toda la ciudad. Otros visitan a los enfermos de sus parroquias ofreciendo masaje a las personas como parte de su ministerio. El masaje terapéutico en verdad puede marcar la diferencia en la vida de las personas, pero es algo que los pobres generalmente no tienen a su disposición." Además , los beneficios del masaje no siempre son solamente físicos. "Tuve una alumna que me contó que un día su hija, ya adulta, la había ido a visitar, y se ofreció a darle un masaje. Al estar dándole el masaje, la hija empezó a llorar y dijo, 'Mamá, ésta es la primera vez que me tocas en diecinueve años!'" El hermano agrega que la señora estaba llorando al contar su historia. "Creo que a veces se nos olvida lo fácil que es alejarnos de nuestros seres queridos. El masaje puede ser un medio de acercarnos nuevamente." El Hermano Alejandro llega antes de que comience la prisa de las clases nocturnas para cuidar de dos pequeñas pajareras llenas de una variedad de coloridos periquitos, pinzones y loros. Es un hombre alto, de voz suave que nació en El Paso, creció en Chihuahua y ha vivido en ambos lados de la frontera. El Hermano Alejandro ha sido el director del Centro durante tres años y medio y también funge es el Director de la comunidad de los Hermanos. Nos dice que el nœmero de personas a las que atienden ha incrementado de 965 a más de 1,200 en los últimos seis meses. El personal del Centro y la comunidad incluye al Hermano José Luis Guerrero, un hombre con anteojos que siempre parece estar a apunto de reírse. Además de dar clases de francés, él, al igual que el Hermano Alejandro, da clases sobre la liturgia, los sacramentos y la espiritualidad. El Hermano Ernesto Saucedo es un hombre callado con el rostro fuerte de un actor de cine y dirige los programas de primaria y preparatoria del Centro. El Hermano Lauro Medina, del distrito de Andalucía, España, también es un integrante de la comunidad de los Hermanos. El Hermano Brendan Fitzgerald, maestro de inglés de La Salle Academy en el lado este de lower Manhattan, está pasando un año en el Centro trabajando en mejorar su español. "Hoy en día, aproximadamente el 65% de los niños en La Salle provienen de familias que hablan español," comenta. "Si en verdad les voy a ser útil, creo que necesito hablar español, especialmente con sus padres." El Hermano Alejandro cuenta que el Hermano Armando García del Distrito de San Francisco inició el Centro en 1978 con el apoyo del Cardenal Posadas Ocampo, el prelado mexicano que murió trágicamente en un tiroteo en el aeropuerto de Guadalajara. Al entrar a la nueva capilla en construcción, el Hermano Alejandro posa un poco apenado para una fotografía con un grupo de niños pequeños. Las paredes sin terminar emiten el eco de los sonidos de la ciudad -alarmantes sirenas, el ladrido de los perros, el ruido de las bocinas de los automóviles. A esta hora ya ha llegado un grupo de alumnos para orar o simplemente para pasar juntos unos minutos antes de comenzar su trabajo como estudiantes o maestros. El Hermano Alejandro señala hacia en espacio abierto arriba del altar, por donde el cielo azul y la luz se filtran entre las hojas prendidas de las ramas. Un profesor de la Universidad La Salle en Obregón (México) donó el dinero para el vitral. Las demás ventanas costarán $500 dólares cada una, y el Hermano Alejandro confía en que habrá suficientes donantes que harán posible instalarlas para poder celebrar la dedicación en la primavera, en la cual él desea que el Obispo Rafael Romo, de Tijuana, celebre una misa que coincida con el 100th aniversario de la canonización de De La Salle (24 de mayo). Al cruzar la calle para llegar a los otros salones del Centro, el Hermano Alejandro llama a una mujer que va caminando justo delante de nosotros. Una sonrisa le ilumina el rostro cuando el hermano elogia su trabajo. Se llama Francisca Monsiváis, y da clases de lectura y escritura básica. También cuida a los hijos de las personas que están tomando clases. Su hijo, Jorge Reza, de 14 años, también es un maestro del Centro y da clases básicas de computación a los jóvenes. Hablando en un inglés muy preciso, Jorge nos cuenta que quiere ser ingeniero al mismo tiempo que se da vuelta para ayudar a una niña en la computadora. El Hermano Alejandro dice que Jorge también ha dado clases de computación básica a un grupo de monjas. Varias de las computadoras del salón fueron donadas por el Saint Mary's College cuando este centro actualizó su tecnología hace unos años. Caminar por el Centro es una experiencia emocionante. A través de una puerta abierta se puede ver a una mujer de entre 40 y 50 años, parada frente a un pizarrón luchando para hacer una sencilla suma. Sus compañeros y el maestro esperan con paciencia a medida que ella escribe y borra, escribe y borra hasta que finalmente logra obtener la respuesta correcta. Al caminar de regreso a su lugar, se nota una sonrisa en su rostro y en los rostros de todos los presentes en el salón. Algunos de los maestros y alumnos parecen ser jóvenes profesionales, con todo y bipers y teléfonos celulares en sus cinturones. Otros, llevan sus ropas y zapatos cubiertos de polvo, evidencia clara de su ardua labor bajo el caliente rayo del sol o de su trabajo de 12 horas en una fábrica todavía más caliente. "Los esposos de algunas de las mujeres están en la cárcel y sus niños andan por las calles mientras ellas trabajan," cuenta el Hermano Alejandro. Y con tristeza agrega, "como en los tiempos de De La Salle." El Hermano Alejandro señala a una monja que está tomando clases de preparatoria. "Ella trabaja con inmigrantes del sur de México que tienen que quedarse a vivir en Tijuana después de que la migra los envía de regreso." De repente, una patrulla de policía entra a toda velocidad al estacionamiento. Dos hombres uniformados se bajan rápidamente y caminan con prisa por la pequeña plaza hasta llegar a la oficina central. La seriedad de sus caras se evapora y surge una sonrisa cuando saludan a la recepcionista y piden los programas de clases. Después vuelven a su auto y se alejan de prisa. Un grupo de mujeres se encuentra amontonado en una pequeña área que parece ser una cocina. Observan a un joven musculoso y bigotón deshuesar un pollo al tiempo que habla con otras mujeres que menean el contenido de una olla. El maestro, Abraham, en realidad es trabajador en una bodega, pero siempre le ha gustado la alta cocina. Me sonríe cuando los dos nos damos cuenta de la ironía que representa que un hombre dé clases de cocina y nutrición a un grupo de mujeres. En una visita subsecuente nos encontramos con un grupo de mujeres, hombres y algunos adolescentes tomando una clase de decoración de pasteles. Están trabajando con ahínco en una nueva cocina con todo y estufa de calidad de restaurante. En otro salón lleno de luz, Guadalupe, una mujer vestida con mucho estilo, da clases de lectura y escritura básica a un grupo compuesto de diez hombres y mujeres. Con sutileza les anima a leer sus libros en voz alta. Le pregunto si puedo hablar con sus alumnos por unos momentos y ella acepta. "¿Por qué están aquí?", pregunto. Germán dice que él viene a tomar clases cuatro veces a la semana "porque quiero aprender y por lo menos terminar la preparatoria. Pero también quiero ser un ejemplo para mis hijos . . . quiero mostrarles que nunca es tarde para aprender". Ramón, otro alumno, dice que viene porque quiere poder leer el periódico. Agrega tranquilamente, "Necesito saber leer para conseguir un mejor trabajo". Yolanda de Estolano es una hermosa mujer de ojos oscuros y sonrisa a flor de piel. "Vine a dar clases al Centro cuando me encontré -como ustedes los estadounidenses lo llaman -- con el síndrome del nido vacío. Mis hijos ya son independientes y yo siempre he participado en algo." Yolanda da una variedad de clases, incluyendo alfabetización básica a hombres y mujeres jóvenes y de edad que nunca han ido a la escuela o que dejaron de ir para trabajar o cuidar de sus familias. Hoy, ella está dando una clase de repujado de estaño y un alumno ha hecho una hermosa imagen de La Virgen de Guadalupe. "Algunas de estas mujeres podrían tomar lo que aprenden aquí y empezar un pequeño negocio; ganar un poquito de dinero para sus familias," dice Yolanda, quien tiene un hijo cursando el segundo año de la carrera de medicina en Cornell y otro que está haciendo su residencia en la Ciudad de México. Yolanda acaba de terminar cursos en el Centro para poder estudiar la carrera universitaria de psicología o sociología. "Quiero dar clases o hacer trabajo social con jovencitas para ayudarles a aprender que son alguien y que en esta vida, tienen opciones. A demasiadas niñas todavía se les inculca que no necesitan estudiar. Ellas deben saber que tienen que estudiar, que son tan importantes como los niños." "¿Doctora Estolano?" pregunto. "Sí, ¿por qué no?" responde con una sonrisa. Cuando preguntamos a los alumnos de Yolanda lo que significa el Centro La Salle para ellos, Yolanda Sánchez responde rápidamente, "Socialmente y espiritualmente, aquí he crecido." Los ojos de Catalina Segura brillan cuando responde, "¿Casi vivo aquí!" Graciela Martínez agrega suavemente, "He hecho amigos y también he aprendido que yo también tengo algo qué ofrecer." |
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